lunes, 18 de abril de 2011

Esta democracia nuestra. Apuntes.

Estaba intentando hacer un comentario a un artículo de ¡Y yo que sé! en el que Turulato exponía con meridiana claridad lo que sería su programa electoral, dado que las opciones políticas que se nos ofrecen no le satisfacen lo suficiente como para votar. Y me he debido de extender más de la cuenta, o al menos más de la cuenta de lo que blogger admite para comentarios. Así que he decidido ponerlo aquí, por si a alguien le pudiera interesar:

Una buena idea lo de formular con precisión un Programa Electoral. Ya ni los partidos políticos lo exponen con claridad y buena parte de los electores votan sin ni siquiera saber lo que prometen los políticos. Unas ideas vagas, un "sentirse" que se pertenece a estos o a aquellos es suficiente.

Estaría de acuerdo con muchas cosas, matizaría otras y probablemente disentiría en alguna más. Pero lo importante es tu manifiesta posición activa frente a algo que nos afecta tanto, algo de lo que no podemos pasar, pues de ello dependen cosas fundamentales de nuestra vida, como la educación de nuestros hijos y con ella el futuro de todos, los recursos sanitarios con los que podemos contar cuando estamos enfermos o las pensiones que puedan permitirnos una vejez digna. Por eso tu exposición programática me ha invitado a pensar que es una buena idea, que sería muy interesante que cada ciudadano se tomara la molestia de precisar y hasta de difundir su propio "programa electoral", de confrontarlo con el de su vecino. Sería un buen ejercicio democrático.

Pero para ello habría que tener mucha más preparación en todo lo que concierne a la "cosa pública" que la que tenemos los votantes españoles, herederos al fin y al cabo de un modelo paternalista y dictatorial, que a pesar del tiempo transcurrido hace que nos sintamos alejados de las decisiones comunes. Tendemos a pensar que los que mandan ya sabrán. En realidad nos implicamos poco, es decir, no ejercemos la democracia que tanto decíamos ansiar. La mayoría de los españoles protestamos, manifestamos nuestra desconfianza respecto a los políticos, de quienes solemos presumir que son corruptos y que están solo para chupar del bote y, como mucho, cuando estamos desilusionados proclamamos que no vamos a votar. Pero la verdad es que la mayor parte de nosotros no sabríamos ni como empezar si tuviéramos que asumir de verdad la tarea de gobernar u organizar algo de la vida de la colectividad. O sea, que carecemos de formación democrática.

Por eso, será por eso que desconfío del cuarto poder, del poder de la prensa, que habla de todo sin saber de nada, y que solo sirve para propalar noticias en función de los intereses del partido al que pretenden servir, falseando la verdad, engañando, manipulando, en realidad hurtando al pueblo soberano su capacidad y su deber de decidir. Aparatos de propaganda, más que impulsores de una crítica constructiva o promotores de una formación política ciudadana, los media no ofrecen demasiada credibilidad.

Hay que evitar a toda consta el poder de todo tipo de lobbys, pues son esencialmente contrarios a la democracia. Pero lamentablemente en esta España nuestra hay demasiados "grupos de poder", que defienden sus propios privilegios, muchas veces con fondos provenientes del erario público, desde sindicatos que actúan como "correas de transmisión" al servicio de grupos políticos, hasta formaciones religiosas que quieren intervenir activamente en asuntos de gobierno, o  esos "formadores de opinión" que desde los medios de comunicación repiten consignas encaminadas en última instancia a conseguir votos.

Porque en realidad la principal actuación que cada ciudadano realiza en esto que llamamos Democracia, por no decir que casi la única, es el ejercicio del voto. Y por conseguir ese voto, por la suma de nuestros votos, se rigen buena parte de las actuaciones de los políticos profesionales. No importa lo que es mejor para todos, no es pertinente lo que pueda ocurrir a largo plazo; solo es preceptivo conseguir el mayor número de votos. No parece que eso sea precisamente un servicio a la colectividad. Más bien da la impresión de que lo único importante fuera conseguir el poder y perpetuarse en él; y en aras de este fin está permitida todo tipo de demagogia. De unos y otros.

 El "poder del pueblo", que es la esencia de la Democracia, debe residir en el derecho de cada uno de los ciudadanos a ser representado por las personas más adecuadas -con el procedimiento electoral que mejor refleje las peculiaridades de cada grupo social- y a ejercer su control a través de las Instituciones establecidas para ello, un control preciso y bien regulado que debe organizarse mediante los Tres Poderes netamente diferenciados.

Últimamente existe un sentimiento colectivo de crisis que parece ir incrementándose. Hemos perdido aquella ilusión democrática colectiva que se generó con el fin de la Dictadura. Hay una gran crisis en la sociedad española, una crisis que va más allá de la económica. Seguramente es momento de replantearnos muchos asuntos que regulan nuestra convivencia. Educación, Justicia, Administración Territorial, Seguridad, todas estas áreas requieren amplias reformas, muchas de las cuales vienen a ser reclamadas por la mayor parte de los ciudadanos, sin distinción de "ideologías". Pero dudo mucho de que ninguno de los partidos con opciones a gobernar esté dispuesto a emprenderlas. Puede la inercia y el temor a perder votos.

Creo que sería necesario un cambio radical. Pero quizá ese cambio debería empezar por la mentalidad de los españoles, por empezar a sentir que el Estado lo formamos todos y que sirve para gestionar nuestra convivencia y que será tanto más capaz de protegernos cuanto más poderoso sea. Es decir, cuanto más poderoso y mejor gestionado lo construyamos y lo mantengamos. Creo que sería necesario ponernos de acuerdo todos en muchas cuestiones fundamentales y dejar de utilizarlas con fines partidistas. Por ejemplo, la Política Exterior o la Educación, que requerirían Pactos de Estado capaces de garantizar una actuación a largo plazo.

No es tiempo para "ideologías", es tiempo para la dirección técnica del país. A mi entender, las "ideologías" son propias del siglo XIX y XX y han quedado ya vacíadas de contenido y solo sirven para ser enarboladas con el objetivo de ganar votos, acudiendo al sentimentalismo colectivo que carece de lógica y de argumentos. Es tiempo para que técnicos especializados en cada campo asuman funciones de dirección política. Yo, al menos, lo tengo claro: quiero que me gobiernen personas cualificadas, no cantamañanas que promulgan leyes a golpe de ideología y carentes de sensatez. En realidad no hay profundas escisiones entre los fundamentos ideológicos de los partidos mayoritarios y, sin embargo, parecen enemigos irreconciliables. Populares y socialistas, igual que los partidos nacionalistas, están ahí con permiso de los poderosos y no van a defraudarlos (¡hasta algún banquero recientemente, presa de los nervios, ha intervenido diciendo lo que convenía hacer con la convocatoria de elecciones!). Lo que debe hacer siempre un Gobierno es gobernar para todos, para la gran variedad de personas que vivimos en el país, con sus distintas circunstancias personales, con sus gustos y preferencias, con sus creencias, de modo que se prime la convivencia sobre la imposición. El Estado debe ser poderoso y debe tener el monopolio del poder. Y ese poder debe ejercerse, con todos los medios, para proteger a los más débiles, para educar a todos, para proporcionar servicios básicos comunes acordes con el mundo en el que vivimos, para favorecer la convivencia. Y para todo esto no hace falta proclamar ideologías; solo sentido común. Y personas expertas en cada área.

Cada uno, incluso los más preparados, conocemos como mucho algo de nuestro campo de actividad profesional, pero patinamos cuando se trata de otros. Por eso nunca he comprendido cómo alguien pueda ser Ministro de Sanidad sin tener ni idea de Medicina, por ejemplo. Eso no puede funcionar. Digo a veces en broma que habría que pasar por unas oposiciones para ser gobernante. Es broma, pero no vendría mal que cada uno de los Ministros o de los Secretarios o Subsecretarios de Estado aportara un currículum amplio en el área que vaya a dirigir. Esto es solo sentido común. A la vez, creo que no es conveniente la existencia de políticos profesionales, de personas que hagan de la política su modus vivendi. Solo ciudadanos que en un momento de su vida ocupen cargos de gestión en las áreas que conocen y que luego vuelvan a sus ocupaciones originales. Incluso debería de ser una obligación ciudadana, algo así como lo que ocurre cuando toca ser Presidente en la Comunidad de Propietarios, o cuando hay que formar parte de las Mesas Electorales o de un Jurado.

No voy a extenderme más, que esto empieza a parecer un Manifiesto, cuando en realidad son solo unos apuntes, así, a bote pronto, unos apuntes que surgen al hilo de tu artículo. Es de agradecer, por cierto, tu claridad y tu contundencia, que pocos hay que se mojen hasta los pelos de la cabeza y a la vez intenten conservar un espíritu independiente.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Algunas cuestiones sobre ciencia y moral

Os invito a ver este "monólogo" (se puede seleccionar el idioma de los subtítulos) sobre aspectos éticos de la ciencia.



sábado, 13 de noviembre de 2010

Otros...

      - ¿Eres partidaria de las parejas mixtas?-  Me preguntó con cara de estar hablando en serio.

      - ¡Pues claro que soy partidaria! ¡Faltaría más! No creo que todo el mundo quiera tener al lado a una persona de su mismo sexo- contesté un poco sorprendida sin acertar a reconocer por dónde iba el asunto.

      - ¿Así que estás de acuerdo con el emparejamiento con animales de otra especie?

      - ¡Qué barbaridad! ¿Te refieres al bestialismo, zoofilia y cosas de esas?- pregunté seguramente con cara de susto.- Hombre, partidaria, lo que se dice partidaria, pues no.

      - No, no. Estoy hablando de matrimonio legal con personas de otras especies.

      - ¿Pero, qué dices?-  No entendía por donde iba a salir aquello que me parecía de pura broma.

      - O sea que eres una especista. ¡Discriminas a las personas en razón de su especie!- me dijo ya sin poder evitar la carcajada.

No, aunque era una exageración, el asunto era más serio de lo que me imaginaba. Me dijo que acababa de encontrarse con una amiga, profesora en un Instituto de Secundaria, que le había contado que tenía un compañero que era ferviente partidario del  movimiento animalista y seguidor estricto del veganismo. Dicho profesor no se limitaba a llevar un tipo de vida conforme a sus creencias, sino que utilizaba la tribuna de la clase para hacer campaña activa en favor de esa filosofía e incluso del  frente de liberación animal.

Me explicó que solo los más extremistas postulaban la necesidad de legalizar las uniones entre personas de distintas especies, pero que, en general, todos los animalistas consideraban que los seres vivos con capacidad para sentir son esencialmente iguales, con independencia de su especie. Es decir, piensan en los animales en términos de igualdad con los humanos. Por lo tanto luchaban para que tuvieran unas condiciones de vida dignas, sin explotación ni humillación alguna y, por supuesto, sin que su vida estuviera al servicio de los humanos, para su alimentación, su vestido, sus espectáculos o su recreo. A su juicio, los animales (al menos aquellos que poseen un sistema nervioso central lo suficientemente elaborado como para sufrir y disfrutar) deberían tener los mismos derechos que los humanos. Por eso hacían incursiones en centros de explotación animal. Recientemente habían conseguido liberar tres gallinas de una granja ecológica, eso sí, tras haberles conseguido unos hogares seguros.

A lo que parece, arguyen que solo es una cuestión de tiempo, que tarde o temprano todos nos sensibilizaremos con una causa tan... ¿Cómo llamarla? ¿Humana? No parece pegar. ¿Animal? Puede parecer un calificativo peyorativo y especista. Creen que, al igual que ahora muy pocos cuestionan la Declaración Universal de los Derechos Humanos, mientras que no hace tanto era usual la esclavitud o el firme convencimiento de que los blancos eran por naturaleza superiores a los negros, no pasará mucho tiempo hasta que reconozcamos la igualdad de los derechos de todos los animales, sean o no sean de nuestra especie. No tienen nada que ver con el movimiento ecologista, al que consideran un disfraz para seguir explotando perniciosamente a los animales para el servicio de los humanos O sea, que en este tobogán en el que parecemos estar precipitados alguno hay que quiere dar un paso más. Ya no se trata solo del proyecto Gran Simio; este movimiento, de carácter internacional, con gurú y todo, va más allá en la búsqueda de la identidad colectiva y del reconocimiento de los Derechos Animales. Quiero ser respetuosa con las ideas de cada cual, pero...

Todo esto, como mucho, puede arrancarnos una carcajada y algún comentario ingenioso. Pero lo cierto es que algunos de sus argumentos ya no son dignos de risa, sino de preocupación. Por ejemplo, consideran que puede valer más la vida de un animal que la de un humano que ha perdido la razón, asolado por el alzheimer o privado de sus facultades mentales por cualquier otra enfermedad. Un niño hasta el año, vienen a decir, tiene menos capacidad de percepción y de comunicación que muchos animales, o sea, tiene menos capacidad de disfrutar y de sufrir. No quiero entrar en comentar las consecuencias que se pueden derivar de estos planteamientos ...

 Al margen de que considere completamente inaceptable la utilización del aula de un centro público durante el horario lectivo para hacer cualquier tipo de campaña ideológica, sea del signo que sea, y que el deber de cualquier profesor consiste principalmente en transmitir el conocimiento y desarrollar la capacidad de pensar y de preguntarse, al margen de ello, digo, creo que todas estas nuevas creencias son un poco inquietantes. Primero porque prueban algo de la decadencia de nuestro mundo, cada vez más débil, que al mismo tiempo que pierde la sensibilidad por el padecer de sus semejantes, los humanos, va adquiriendo una sensiblería difusa por todo lo que le rodea, sin hacer diferencias, y eso, llevado el extremo, me parece patológico. Segundo porque me parece que el vacío espiritual  del mundo contemporáneo es terreno abonado para todo tipo de iluminados, que recolectan para sus causas la buena voluntad de jóvenes ansiosos por la búsqueda de unas verdades en las que creer y por las que vivir. Y tercero, por acabar, porque si en algo creo es en la condición humana, con todos sus defectos y todas sus grandezas, pero con algo que ningún animal tiene: el sentido de la conciencia y de la responsabilidad, únicos para ejercer la libertad y el derecho. Nadie puede ser sujeto de derechos si no puede ser a la vez sujeto de deberes.

Creo que todos los animales no somos iguales, ni mucho menos. La superioridad de los humanos reside en que no solo son capaces de sentir placer o dolor, sino que están dotados de algo que ningún animal tiene. Y no me refiero a la razón, la capacidad lógica (que eso dentro de poco puede ser superada por un  ordenador cualquiera); me refiero a sus pasiones y sentimientos, a su capacidad única para amar (y también para odiar), de donde se deriva su innato sentido moral, su conciencia del bien y del mal. La humanidad, a mi entender, es la especie animal más evolucionada fundamentalmente porque posee en exclusividad una dimensión ético-pathética.

domingo, 24 de octubre de 2010

Baile de letras y filosofía

Tiene guasa. Pero cada uno baila como puede.


www.quedeletras.com





jueves, 7 de octubre de 2010

No es lo mismo

Ya sé que todos simplificamos cuando hablamos de modo informal, pero hay veces que conviene pararnos un poco y precisar. ¿Por qué solemos ser tan simplistas? ¿Quién, con un mínimo conocimiento de lo que es el pensamiento fascista, puede llamar a Mario Vargas Llosa "facha"? ¿O es que uno, por no ser partidario de las izquierdas es ya necesariamente un "facha"? ¿Acaso no nos damos cuenta de que precisamente el liberalismo, que es la línea ideológica con la que más se identifica Vargas Llosa, es el paradigma del pensamiento democrático, por muy de derechas que sea el liberalismo? Un poco de claridad. Mario Vargas Llosa será o no será de derechas (por creer en la propiedad privada y en el individuo más que en la propiedad colectiva y en el grupo), pero seguro que no es un "facha".

Llamar a Vargas Llosa "facha" viene a ser una muestra más de la  pervivencia de aquella trágica (y antigua ya) división entre "rojos" y "fachas", como si hubiera que alinear al ser humano en una u otra circunscripción para empezar a entenderlo. Además, ambos nombres son despectivos, otorgados por los que se sentían que pertenecían al "bando" opuesto. Cualquiera puede saber que Vargas Llosa se ha ganado la descalificación de cierto grupo de antiguos lectores, precisamente por oponerse de modo activo a los regímenes políticos de carácter personalista y dictatorial. Y también puede saber que su manifiesta oposición  ha sido a las dictaduras de todo signo político, de izquierdas o de derechas. Estemos de acuerdo o no con el liberalismo, lo cierto es que se opone por definición a toda intervención del Estado en la regulación de la vida del individuo, reduciendo al mínimo su intervención en aras de la libertad de los ciudadanos. O sea, justo lo contrario del fascismo o del comunismo.

Ser de derechas no es lo mismo que ser "facha". Como no es lo mismo sentirse de izquierdas que ser partidario de la dictadura del proletariado. No podemos seguir ignorando que fascismo y comunismo fueron (y digo "fueron", en pasado) ideologías de corte totalitario y no tan diferentes entre sí como aparentemente se presentan, como me enseñó hace ya mucho tiempo mi profesor de "Historia Social y Económica del siglo XX", marxista convencido, quien en un seminario titulado algo así como "La Europa de los Totalitarismos" nos sorprendió a todos los estudiantes izquierdosos de entonces mostrándonos que todos ellos respondían a una estructura semejante y obedecían a causas socioeconómicas e históricas comunes.

Hay que mirar al futuro, que buena falta nos hace. Y valorar a las personas por su capacidad, por su integridad y por su profesionalidad, dejando de lado el sectarismo que siempre es empobrecedor.

Me alegro de que alguien verdaderamente comprometido con la defensa de la libertad haya obtenido por fin el premio Nobel. Que los méritos literarios hace tiempo ya que los había demostrado.

domingo, 11 de julio de 2010

... ha de helarte el corazón

¿Es lícito recurrir a la mentira para defender unas ideas? ¿Es práctico? Pienso que incluso aunque en un primer momento sea útil, enseguida, cuando se descubre la falsedad, genera desconfianza. Y la gente ahora está ya empezando a desconfiar de las cosas que algunos cuentan. Dice la sabiduría popular que todas las comparaciones son odiosas. Pero es que algunos parecen querer difundir el odio a través de ciertas comparaciones.

Me molesta que caigamos en el juego que nos han planteado desde hace unos pocos años, cuando ya parecía que, por fin, en este país habíamos conseguido dejar para el recuerdo aquellos versos de Antonio Machado:

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios;
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón

Aplaudo a quien se esfuerza por difundir la verdad y por evitar el sectarismo. Esa debería de ser la función del verdadero intelectual: la crítica, la creación de la inquietud en la mente de todos. Extender la libertad, vamos. Y trabajar por el bien común, denunciando la mentira. Nada más alejado que la colaboración ideológica con el poder, sea éste del signo que sea. ¡Imposible!

Me ha gustado mucho el artículo que escribe hoy Antonio Muñoz Molina en El País:

Holocausto para todos.

Nos explica Muñoz Molina cómo algunos pretenden manipular nuestra Historia para justificar ciertas opciones políticas. Lamentable. ¡Hasta qué punto se puede llegar en la falsedad para proporcionar imágenes a la mentira!

¿A quién le beneficia el hecho de que seamos más débiles? ¿Quién persigue revitalizar los enfrentamientos entre los españoles? Lo desconozco, pero a buen seguro que no beneficia a los españoles. División, cuando lo que hace falta en los momentos difíciles, como estos, es unión. Quizá solo beneficia a aquellos que no se sienten españoles.

No caeré en la desesperanza; al contrario, pienso que a veces las cosas tienen que ir muy mal para empezar a mejorar. Tocar fondo, para empezar a surgir. Como el Ave Fénix. ¿Será necesario que España gane el mundial para comenzar a entusiasmarnos? ¿Nos daremos cuenta entonces de que es mejor la unión que el enfrentamiento? Nunca se han visto tantas imágenes de españoles con su bandera. Y muchos son muy jóvenes. Así que, tanto si gana como si pierde, me quedaré con los primeros versos del anterior poema de Machado:



Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Que el bostezo de esta España nuestra sea solo porque se despereza...

miércoles, 9 de junio de 2010

Verdad de muchos, ¿pensamiento de tontos?

Hay un asunto que parece haberse constituido como uno de los pilares sobre los que se levanta toda la estructura de la moderna democracia: la opinión de la mayoría. Parece razonable pensar que es más justo que todos tengamos voz y voto y que nadie imponga su pensamiento o sus creencias sobre los demás. Ahora bien, hay una cuestión de fundamento que parece quedar un poco oscura: ¿dónde queda la verdad? Es decir, se trata de discernir si la verdad viene dada por el número de personas que la defienden o si es independiente de que la diga uno o diez mil. Por lo menos la ciencia no parece conformarse con la opinión de las mayorías, y por mucho que la mayor parte, por no decir todos, los habitantes de la Tierra hubieran jurado en el siglo XIII que era plana, la verdad es que la Tierra era redonda, era tan redonda entonces como ahora.

Lo curioso es que todos nos permitimos opinar sobre casi todo. Se transmiten opiniones, juicios y criterios sobre asuntos de los que solo sabemos una parte muy superficial y, aunque para llegar a conclusiones válidas haría falta un gran profundidad de conocimientos, todos repetimos incesantemente nuestra opinión, pretendiendo convencer o imponerla. Pero en realidad repetimos lo que otros, "forjadores de opinión", han dicho en tertulias, periódicos o medios similares. Y normalmente ni ellos son expertos en lo que afirman, ni nosotros tenemos clara capacidad de enjuiciamiento. Pero eso sí, repetimos lo que dicen esos que consideramos que "son de los nuestros". Y lo único que hacemos es amplificar el desconocimiento, o sea, la falsedad. ¿Qué sé yo si hay o no hay un calentamiento del planeta como consecuencia de la intervención del hombre? ¿Vale lo mismo mi opinión que la de alguien que se ha dedicado toda su vida a los asuntos de la climatología? Y ¿es esto un asunto de política? Seamos un poco serios. Parece que en nuestros días estamos sustituyendo las creencias religiosas por creencias en miles de cosas de las que no sabemos nada.

Claro que el sentido de pertenencia a la grey debe de ser algo atávico en el ser humano. No valemos mucho como animales, la verdad, si nos comparamos con muchos otros más capaces de enfrentarse a los rigores de la naturaleza. Sé que la superioridad del hombre reside en buena medida en su capacidad para organizarse en grupo y para transmitir lo que van aprendiendo a las sucesivas generaciones. Y eso, que se llama cultura, se hace gracias al grupo, a la grey.

Ahora bien, la tendencia natural del ser humano a sentirse protegido por el grupo le obliga a defenderlo con ahínco, incluso por encima de su propia vida. Es necesario compartir unas "verdades" que el grupo ha establecido, unas "verdades" que apenas unos pocos osan cuestionar. ¿Para qué pensar nada? Eso es peligroso para la pervivencia de la estructura grupal; simplemente se hace lo que es "normal" hacer, se opina lo que se ha repetido una y otra vez que es cierto, y se expulsa a todo aquél que cuestiona alguna de aquellas verdades inquebrantables que cohesionan al grupo y que lo diferencian de los demás grupos. Y así el grupo sobrevive, pero a expensas del individuo y muchas veces de la verdad. Eso ha ocurrido siempre, desde las primeras agrupaciones tribales de la prehistoria hasta los grandes partidos políticos de ahora.


Pero es que el comportamiento gregario suele estar reñido con el pensamiento. Me he encontrado hoy un artículo de divulgación sobre la pérdida de eficacia cognitiva del grupo:

artículo


Me he reído a gusto recordando la frase de Gustavo Bueno con la que empieza. Al parecer, ciertos experimentos vienen a demostrar que la opinión del grupo disminuye la capacidad de aproximación a la verdad de cada uno de los individuos que lo constituyen. Se me ha ocurrido pensar que el pensamiento gregario (que tiende a imponerse como "pensamiento único") es capaz de alcanzar cotas insospechadas de estupidez. Y que conforme más simplista es una idea más se aleja de la verdad, lo que no impedirá que sea mayor el número de adeptos que vaya a encontrar por el camino. Así que probablemente solo el pensamiento heterodoxo es pensamiento libre, o sea, pensamiento.

sábado, 29 de mayo de 2010

Teoría de la relatividad:

Teoría de la relatividad: pensamiento colectivo común en los últimos tiempos. Todo vale. No hay nada absoluto. La opinión de cualquiera tiene tanto valor como el conocimiento del ilustrado. Moral, ética, honor, responsabilidad, esfuerzo, palabra, ejemplo, respeto ¡qué bobadas! Todo da igual. Cambalache. El que no llora no mama. El último que llegue, tonto. El fin justifica los medios. No me creo nada. ¡Por qué él (maestro) lo diga! Todo es del color del cristal con el que se mira. Todos los políticos son iguales y roban todo lo que pueden. ¡Qué cosa más ridícula la buena educación! Yo hago lo que me viene en gana. Vaya rollo todo eso de los héroes.

Al parecer esta teoría de la relatividad empezó a cuajar allá por los años treinta del pasado siglo, como prueba este testimonio de plena sabiduría (Atentos a la letra. La interpretación de Julio Sosa es magnífica. Nada que ver, a mi gusto, con otras versiones posteriores):






Siglo XX, cambalache. ¿Siglo XXI?

viernes, 21 de mayo de 2010

¿Quién dijo hambre? Arte, puro arte.

No voy a ser yo quien niegue el carácter esencialmente cultural de todo lo que tiene que ver con la cocina, con los sabores, mezclas, colores y presentaciones de los alimentos y los protocolos que convierten algo tan primario como es la alimentación en una categoría humana avanzada. Que lo humano siempre es proclive al retorcimiento de la naturaleza y a eso le solemos llamar cultura. Y también arte.

Claro que nuestra capacidad de elaborar, retorcer y desviar tiende a ser infinita. En todo. Y desde luego de manera más exagerada en todo lo que concierne a los sentidos. Será por eso que el "arte de la gastronomía" va alcanzando en esta civilización nuestra cotas cada vez más altas.

En su afán de postularse como arte, el antiguo oficio de cocinar va introduciendo ahora vocabulario de gran prosapia. Así vemos que recoge para su beneficio terminología que procede de las otras artes: ahora los "restauradores" no son sólo, como yo creía, aquellas personas encargadas de devolver a las artes plásticas su prestancia y color originarios; ahora cualquiera sabe que los restauradores son los cocineros que dirigen restaurantes, al menos los restaurantes con cierto nivel. O sea, que los restaurados somos nosotros, los que allí acudimos ávidos de nuevas experiencias artísticas. Por eso, a estos templos de sabiduría ya no vamos a alimentamos, que eso es una vulgaridad, ni siquiera a saciar el hambre o las ganas de comer, que eso no tiene nada de artístico; ahí acudimos a iniciarnos en tareas nobles y de categoría. O sea que no tragamos ni deglutimos, ni siquiera digerimos, allí "realizamos la ingesta". Otro asunto que requiere gran conocimiento es el de los títulos elegidos para nombrar cada una de las obras de arte, pues nadie dudará de que no estamos hablando de un arte vulgar y corriente como la escultura o la pintura; no, su nobleza exige tanto que es necesaria la contribución de notables especialistas en Semántica y expertos conocedores de la Poesía Contemporánea.

Son tan grandes sus virtudes, tan magníficas sus consecuencias, que debería la Gastronomía ser tenida como una más de las Artes Plásticas, si no la más excelsa de ellas. Que es un arte plástico nadie lo duda. Comprobamos enseguida el gran empeño que dedica a los asuntos de la Forma y al sentido de la vista, llegando a composiciones que requieren un gran conocimiento del color, la proporción e incluso de la perspectiva. ¡Para sí las quisieran muchos arquitectos, pintores o escultores!

Pero incluso debería ser considerada superior a las otras artes, pues hace intervenir tres sentidos más, tres sentidos, que hasta ahora, humildes ellos, no habían obtenido la atención necesaria para convertirse en vehículos del Arte. Gracias a la Gastronomía se aprende a cultivarlos finamente, hasta el punto de convertirlos en privilegiadas antesalas de la Belleza: el olfato predispone al alma hacia esa esencia espiritual que intuimos en el objeto de arte que se nos ofrece por la vista en cada composición; luego interviene el gusto, hijo como el olfato del noble tacto, que va siendo moldeado hasta alcanzar sutilezas inusitadas gracias a esa ilustre maestra de iniciación que es la lengua, receptora de sabores y texturas. Todos ellos, combinados en justa y armoniosa proporción matemática, desarrollan el paladar, una facultad superior, al decir de algunos, algo tan sublime que, al parecer, permite a los iniciados un deleite tal que son capaces de alcanzar cotas próximas a la contemplación mística. Mediante el Arte de la Gastronomía, el gusto, el tacto y el olfato se convierten, ¡por fin!, en sentidos merecedores de las más profundas esencias espirituales. Vemos, pues, que se trata en realidad, aunque a simple vista pocos se den cuenta, de un sofisticado sistema de expresión de las emociones supremas del ser humano, un arte que solo ciertos estetas cultísimos son capaces de dominar.

Además, su propia temporalidad, su intrínseco carácter cambiante y provisional hace que inevitablemente el Arte Gastronómico sea el paradigma de la deconstrucción , lo que lo convierten en la actividad señera de la Postmodernidad. La obra del arte de la Gastronomía es creada para ser destruida en el propio deleite de su contemplación, una contemplación activa, pues es incorporada al propio espectador, que ya no es un ser pasivo, sino que llega a formar parte de él, de sus propias proteínas, jugos y sustancias químicas moleculares. ¿Acaso no es impresionante? Es natural que en esta economía de mercado en la que se desarrolla se pague un alto precio por sus obras. Y que nadie se le ocurra pensar mientras las experimenta en todas las personas que en el mundo habitan que apenas tienen algo que les sirva de alimento cada día.

Y como este país en el que vivimos es tan sofisticado y tan culto, era necesario elevar a categoría universitaria un arte tan magnífico, a fin de preparar a las generaciones futuras en su ejercicio y capacitarlas en las esencias sublimes de un bien cultural tan excelso. Por eso, claro, es lógico que el dinero público se invierta en crear una Facultad de Gastronomía. Que lo de menos es que pertenezca a una Universidad Privada.

Además hay una ventaja añadida en los tiempos que corren: ahora que vamos teniendo muy pocos recursos públicos que administrar, si las cosas se van poniendo cada vez peor y si llega el caso en el que el pan nuestro de cada día empieza a ser un bien al alcance de muy pocos, no vendrá mal tener preparada una ambiciosa línea de investigación en nuevos "materiales" culinarios, nuevas transformaciones químicas de las margaritas o de las amapolas para que, nitrogenadas como debe ser y con las más sofisticada transformación de texturas, esencias y colores, vayan sirviéndonos para satisfacer a unos estómagos altamente cultivados. Avanzaremos mucho: así ya no habrá más hambre en el mundo, al menos en estas regiones aptas para el cultivo de hierbas, zarzas y matojos.

Así que algo voy entendiendo el sentido originario del vocablo. Gastronomía, literalmente "ley del estómago". Particularmente si atiendo al último párrafo del artículo:

http://www.diariovasco.com/20100429/local/facultad-gastronomia-sebastian-inicia-201004291537.html

viernes, 14 de mayo de 2010

Funcionarios, ¿funcionan?

¡Cuánta envidian despiertan los funcionarios! En las épocas de crisis, claro, porque en las de bonanza cualquiera con el mismo nivel de preparación gana bastante más que ellos. Eso sí, ser funcionario tiene la ventaja de que el puesto de trabajo está garantizado y que uno se va a casa sin llevarse los problemas. Bueno, eso es un decir, porque si estás trabajando con personas, si son unos niños o unos adolescentes los que tienes a tu cargo, no puedes dejar de pensar en ellos. ¡Y qué decir si eres cirujano y mañana tienes una operación compleja! Se suele olvidar con frecuencia que un funcionario habitualmente ha tenido que trasladarse a vivir fuera de su ciudad más de una y más de dos veces, que no es raro que tengan que pasar periodos importantes de su vida alejados de sus familias, y que hoy en día ni siquiera gozan de cierto reconocimiento social, particularmente si pertenecen a la Seguridad del Estado, por más que su trabajo lleve consigo el riesgo de su vida.

Es tradicional en España aspirar a ser funcionario, más que meterse uno en camisas de once varas e intentar emprender una actividad cualquiera de dudoso futuro, algo que potencialmente nos pueda aportar grandes beneficios, pero que nos pueda dejar en la calle y arruinados. Debe de formar parte de nuestra idiosincrasia desde antiguo. Es frecuente pensar: "Me sacrifico una temporada preparando oposiciones y con un poco de suerte a vivir". Y si eres mujer y aspiras a tener hijos, no es una mala solución, desde luego.

Pero también es tradicional estar convencido de que los funcionarios no dan un palo al gua. Es casi un tópico que viene por lo menos desde el siglo XIX decir que los funcionarios son seres vagos y perezosos que no buscan nada más que su propia comodidad. No creo que sea así. Algún caso hay, seguramente como en todos los empleos y en todas las ocupaciones. Lo que ocurre es que cuando se produce en la Función Pública hay que cargar con él o ella como se puede y para siempre. Aunque esa carga normalmente la asumen los compañeros, que deben realizar las tareas de quien se escaquea sin más, lo cierto, hay que reconocerlo,es que la falta de rendimiento laboral por parte de algunos funcionarios lleva consigo retrasos, esperas y enormes pérdidas de tiempo y de eficacia, para la Administración y para los ciudadanos.




Ocurre que no es tan sencillo entrar en la Función Pública y muchos que lo han intentado han terminado arrojando la toalla. Y luego, claro, critican a los funcionarios como si fueran ellos los responsables del mal funcionamiento del Estado. Pero no, no es así. Hay gente muy bien preparada y muchos dedican todo su esfuerzo e ilusión a su trabajo. Es más, yo creo que si todos los funcionarios que existen hoy en la Administración hubieran accedido a su puesto mediante un riguroso sistema de oposiciones, aunque nada más fuera por un mero cálculo estadístico, se podría afirmar que las mentes más privilegiadas del país estarían trabajando en la Función Pública. Y de algún modo esta afirmación sigue siendo válida: médicos, juristas, profesores, la mayor parte de los que tiene un cierto prestigio social en razón de su profesión han pasado al menos una parte de su vida laboral como funcionarios públicos (dejo al margen los políticos, que si buen antes hubieran sido incluidos en el recuento, últimamente ya no caben).

Lo malo es que en los últimos años han entrado muchos funcionarios por la puerta de atrás, mediante listas, sin oposición alguna. Y, lo peor de todo, muchos que habían entrado "al servicio del Estado" como asesores o como cargos políticos de libre designación han conseguido quedarse ahí para siempre. Creo que esto se va notando. Recuerdo que hace años se empezó a criticar el sistema de oposiciones, porque no era bueno para valorar la capacidad de los mejores. Nunca supe por qué no era bueno para valorar la capacidad de los mejores, como no fuera que el estrés que lleva consigo pudiera dejar al margen a personas de gran valía, pero incapaces de soportarlo.

¿Y la alternativa? En las Universidades, por ejemplo, con todo esto de la autonomía universitaria no existe una verdadera competencia para entrar como profesor; es casi imposible acceder si previamente no has sido contratado, si no has prestado servicios en "esa" universidad, para lo cual, aunque hace falta pasar por un concurso formal de méritos, la realidad es que ya en las misma convocatoria solo falta poner la foto de la persona para la que el Departamento ha dispuesto previamente que sea la plaza. Hay excepciones claro, pero el sistema es así.

Quizá sea un poco mal pensada, pero no puedo evitar sospechar que la manera de acceder a la Administración, mediante "oposiciones" internas o concursos de méritos entre personas que ya están dentro, no ha sido algo que ha ocurrido al azar. Tengo la impresión de que forma parte de un preciso plan para "meter" dentro del entramado de la Administración a personas que participan de una determinada ideología política, es decir, una manera de controlar desde dentro todas las instancias del Aparato del Estado a fin de perpetuarse en el poder. Creo que en tiempos lo llamaban "enanos infiltrados". No se ha conseguido en todos los campos de la Administración desde luego, pero en otros se puede decir que ha sido un éxito. En la Enseñanza, pongamos por caso, se podría rastrear el perfil ideológico mayoritario de los profesores, particularmente de los que han accedido al margen de una oposición de las de verdad, en las que hay que competir con muchos otros.

Luego está el asunto de las Autonomías, cada una con sus transferencias y con sus funcionarios. El problema no es solo que se ha multiplicado el número de funcionarios; lo peor es que al ser elegidos muchas veces por tribunales que conocen personalmente a los candidatos, cabe siempre la duda de si han entrado los que más lo merecían.

Me atrevería a decir que entre los funcionarios que han accedido mediante oposición, desde "la calle", el espectro ideológico vendría a coincidir con el del resto de la sociedad española, mientras que entre los que han accedido por otros procedimientos, como listas, méritos, apadrinamientos, etc, sus preferencias políticas están escoradas hacia un lado. Me atrevería, pero no lo hago: haría falta un estudio sociológico serio.

Lo cierto es que desde hace ya unos años asistimos en España a un debilitamiento del Estado, a la vez que ha crecido sobremanera el número de los funcionarios. Esto no parece razonable. Cualquiera puede percibir que el Estado está cojo y que no está funcionando bien. La educación pública ha perdido el prestigio que tuvo durante muchos años y ahora cualquiera que quiere dar una formación de calidad a sus hijos opta por colegios privados, cuando hace unos años era bien sabido que la mejor enseñanza era la que proporcionaba un Instituto de Secundaria. Los ciudadanos no confían mucho en que sus seguridad esté garantizada por los servicios públicos y se recurre cada vez con mayor frecuencia a la seguridad privada, incluso en lugares que son públicos, como Universidades, Ministerios, etc. La Sanidad Pública, que ahora atiende a todos, ciudadanos y no ciudadanos de este país, está absolutamente colapsada, con listas de espera infrahumanas, con pocos médicos para atender las demandas de los enfermos, con un déficit económico que asustaría si se conociese. ¡Y qué decir de otras actuaciones públicas que más están encaminadas a la "apariencia" que a la eficacia: asuntos sociales, cultura ...! Cuando hay auge económico no se nota tanto, pero ahora, con menos recaudación al existir menos actividad económicas, las carencias quedan más al descubierto.

Y todo esto ocurre cuando se ha multiplicado de manera importante el número de funcionarios. ¿Cómo es posible que el Estado haya ido perdiendo presencia, que se hayan privatizado empresas y servicios, y al mismo tiempo el número de funcionarios haya crecido de forma descomunal desde la Democracia? No salen las cuentas.

Ahora que las cosas se están poniendo serias y que parece absolutamente necesario hacer un recorte del gasto público lo primero de lo que echa mano el Gobierno es del recorte de los sueldos de los funcionarios. Es lo más fácil. En crisis anteriores se congelaron los salarios. Bien pudieran haberse visto compensados luego, en épocas de apogeo económico, cuando todo el mundo parecía vivir como si les sobrara el dinero; pero no se hizo. Así que la capacidad adquisitiva de los funcionarios se ha visto comparativamente mermada a medio plazo. Es natural que todos hagamos un sacrificio y arrimemos el hombro, pero el sacrificio no es el mismo para todos. Los funcionarios de un nivel más bajo lo van a notar mucho. Y suelen ser los más jóvenes, con hijos a su cargo. ¿Y qué pueden hacer? Nada, absolutamente nada. Seguir convencidos de que trabajan por el bien común. ¡Y los políticos? Me ha gustado como está explicado todo esto en este artículo.

Lo que importa es que podríamos aprovechar este momento para cambiar cosas que están mal. Para eso vienen bien las crisis, para obligar al cambio. Podíamos intentar, por ejemplo, que el trabajo de todos los que son pagados por el Estado fuera mejor, más rentable. Igual que en una empresa bien gestionada, o sea, que con menos recursos humanos se consiguiera una mayor productividad.

Tengo la sensación de que esta crisis en la que nos hayamos inmersos no es una crisis coyuntural; más bien parece que afecta a la estructura misma del Sistema. Y no solo en España. Me refiero al modelo de Estado vigente en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, al modelo del Estado del Bienestar protector, que recoge impuestos y organiza ayudas a los que lo necesitan, pero en el medio se despilfarran muchísimos recursos, por mala gestión, por el aprovechamiento en su propio beneficio de los comisionados y de los intermediarios. Creo que es necesario un modelo de Estado nuevo, eficaz, un buen organizador de los recursos colectivos, dirigido por técnicos más que por ideólogíaas, un Estado que diera cuentas exactas a los ciudadanos de su gestión, de sus ingresos, de sus gastos. Más técnicos y menos políticos. Seguramente habría mucho que modificar para que resultara más eficiente el sistema, más competitivo. Tengo la sensación de que cada vez hay más gente harta del discurso de los políticos, más dedicados a ganar las elecciones que a gestionar y dirigir de verdad al país.

El mundo ha cambiado; nada tiene que ver con el siglo XIX y España (seguramente Europa entera) necesita adaptarse al siglo XXI: competitividad, flexibilidad, cambios en el tipo de trabajo que uno puede hacer a lo largo de su vida, imaginación, iniciativa privada, menos proteccionismo en los mercados que solo contribuyen al reparto injusto de la riqueza, más importancia a la verdadera preparación, menos amiguismo, mayor exigencia, menos poder a los medios de comunicación, menos protagonismo de los partidos políticos.

No lo haremos, pero no me resulta difícil imaginar que dentro de no mucho tiempo en China habrá huchas de caridad que vayan recogiendo dinero destinado a recaudar fondos para ayudar a esos pobrecitos que pasan hambre y que viven allá por los confines de Europa. Es una exageración, lo sé, pero las cirisis son muy malas. He conocido un catedrático de prestigio de la Universidad de Berlín que pasó a trabajar como taxista cuando se unificó Alemania.
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N.B.

Acabo de hablar con una amiga que pelea el día a día para mantener a flote una tienda en la que venden muebles y hacen tareas de decoración. La crisis les está afectando mucho, pero resisten como gato panza arriba. Me dice, haciendo gala de su natural inteligencia: "Lo que nos faltaba. Si hasta ahora los únicos que compraban eran los funcionarios que cuentan con un sueldo fijo... pues ahora ya ni eso...". Pienso: "¿Mejorará le economía española, la de verdad, con estas medidas de bajar el sueldo a los funcionarios y de congelar las pensiones? ¿O eso hará menguar más el dinero disponible para el consumo?".